Científicos del CONICET analizaron restos óseos y diferentes materiales del patrimonio cultural de las comunidades originarias de la Patagonia
Científicos del CONICET ayudan a reconstruir la memoria de los pueblos originarios
Un equipo de antropólogos, arqueólogos y biólogos del CONICET analizó restos humanos, objetos y ajuar funerario encontrados en el cerro Loma Torta, que posteriormente fueron restituidos a la comunidad Ceferino Namuncurá-Valentín Saygüeque de la localidad chubutense de Gaiman. El trabajo había comenzó en el año 2006, cuando una vecina del lugar entregó al CENPAT huesos astillados que encontró en la cumbre del cerro Loma Torta.
Tras casi cinco años de labor, hace tres semanas los miembros de la comunidad Ceferino Namuncurá-Valentín Saygüeque trasladaron desde el CENPAT los restos hacia su lugar de origen. Les fue restituida la totalidad del material biológico analizado, incluyendo huesos que no pudieron ser identificados.
Finalmente, los referentes de todas las comunidades originarias de la provincia del Chubut trasladaron los restos a lo alto del cerro donde fueron reinhumados por los investigadores, en el marco de una ceremonia sagrada acompañada por cantos tradicionales de esos pueblos.
Son microorganismos que aumentan la productividad de cultivos como la soja, el trigo, el maíz y el sorgo. El avance puede ayudar a mejorar aún más su desempeño.
Las dos bacterias analizadas son beneficiosas para el desarrollo y crecimiento de cultivos como el trigo, el maíz y el sorgo, entre otros.
(Agencia CyTA-Instituto Leloir ) -Investigadores argentinos y del exterior secuenciaron el genoma de dos bacterias que son beneficiosas para el desarrollo y crecimiento de cultivos como la soja, el trigo, el maíz y el sorgo, entre otros, anunció la revista del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).
Se trata de las rizobacterias Azospirillum brasilense Az39 y Bradyrhizobium japonicum E109 que son muy usadas en cultivos de la Argentina. “Estos microoganismos pueden encontrarse absorbidos o suspendidos en soportes naturales o sintéticos y ser aplicados sobre las semillas, las plantas o el suelo en diferentes momentos del ciclo de cultivo”, explicó a la Agencia CyTA el responsable de este proyecto, el doctor Fabricio Cassán, investigador de CONICET en el Laboratorio de Fisiología Vegetal e Interacción Planta-Microorganismo de la Facultad de Ciencias Exactas, Físico Químicas y Naturales de la Universidad Nacional de Río Cuarto.
Secuenciar el genoma implica conocer cada uno de los genes que están presentes en estos microorganismos y comprender cómo determinan tanto su identidad como funcionalidad en la naturaleza. Con esta información, indicó Cassán, será posible comprender y mejorar algunos atributos fisiológicos y agronómicos de estas bacterias.
De todas formas, la secuenciación y análisis informático sólo representan el inicio del trabajo, ya que “hace falta un análisis más extenso y detallado de otros aspectos funcionales y evolutivos de estos genomas”, dijo. Para ello, se necesitará de más tiempo y de la participación de otros socios interesados en analizar ciertos aspectos puntuales de éstos microorganismos.
El consorcio para la secuenciación de los genomas de estas bacterias se encuentra compuesto por instituciones públicas y privadas de ciencia y tecnología tales como el CONICET, la Universidad Nacional de Río Cuarto y el Instituto de Microbiología y Zoología Agrícola del INTA. Y cuenta también con la colaboración del Centro de Microbiología y Genética de Plantas de la Universidad Católica de Leuven, Bélgica, y la Plataforma de Genómica y Bioinformática del Instituto de Agrobiotecnología Rosario (INDEAR).
Investigadores de Conicet en Córdoba trabajan junto a los más importantes institutos del mundo para estudiar las ondas gravitacionales, un enigma de la astrofísica que apasiona a científicos desde hace décadas
Investigadores de Conicet en Córdoba trabajan junto a los más importantes institutos del mundo.
La teoría de la relatividad de Albert Einstein revolucionó la física pero, además, fue determinante en la historia mundial. Aún hoy contrastar a través de la observación algunos de sus postulados devela a más de un científico y las ondas gravitacionales constituyen un caso de particular interés.
La concepción de tiempo y espacio que tiene la teoría de la relatividad es diferente a la de otras teorías: si no existieran los cuerpos que habitan el universo, el espacio-tiempo sería como una sábana estirada. Sin embargo, al colocarse diferentes objetos sobre este plano, se producen deformaciones: el espacio-tiempo se hunde en torno a los cuerpos y produce la atracción todo lo que los rodea.
Muchos investigadores definen las ondas gravitacionales justamente como arrugas en el espacio-tiempo, causadas por objetos de gran tamaño que al moverse producen una onda que se propaga, como ocurre cuando una piedra cae en una laguna. Estas ondas no se deforman, viajan sin perturbarse y, si se las analiza, pueden brindar información acerca del centro que las creó. Por lo tanto, constituyen una nueva fuente para conocer el universo y es por eso que medirlas despierta tanto interés.
Una comunidad y su territorio son el laboratorio perfecto para los especialistas que siguen una modalidad de trabajo en el marco de la Inteligencia Territorial (IT), un concepto que alude a la búsqueda de soluciones concretas para problemas específicos que atañen a grupos social y económicamente muy vulnerables. Desde el CONICET y otras instituciones científico-académicas se apoyan diversas iniciativas de este tipo.
“La IT busca combinar de manera inteligente, es decir, destacando las fortalezas, el papel de cuatro tipos de actores: ciudadanos, políticos, científicos y económicos. Cada uno aporta desde sus saberes para optimizar o concretar diferentes planes”, explica Horacio Bozzano, investigador del CONICET en el Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IDIHCS, CONICET-UNLP), y coordinador del grupo Territorios, Actores y Gobernantes para la Transformación (TAG), que nuclea a investigadores y profesionales con este perfil.
Una de ellas es Irene Velarde, profesora de la Facultad de Ciencias Agrarias y Forestales de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), involucrada en un proyecto de investigación de IT basado en la recuperación del llamado ‘vino de la costa’ producido en Berisso. “En 1999 un grupo de especialistas nos acercamos a estos productores cuya principal actividad económica estaba decayendo. Desde disciplinas muy diversas trabajamos codo a codo con ellos hasta lograr la reactivación del producto”, señala.
El caso vitivinícola de la localidad bonaerense es apenas un ejemplo de esta modalidad de investigación que, según Bozzano, “constituye un paradigma emergente de la ciencia”. Como consecuencia de un largo proceso de promoción del vino cuyano, los viñateros de Berisso vieron mermar sus ventas progresivamente. También la industrialización se había llevado a sus hijos y nietos, que quedarían sumidos en el desempleo con la crisis de comienzos de 2000.
Sin recetas
El concepto de IT fue acuñado por el francés Jean Jacques Girardot, que coordina el Grupo de Investigación Internacional en Inteligencia Territorial (GDRI INTI), con participación de cinco países: Francia, Bélgica, Italia, España y Argentina. Nuestro país está representado por TAG.
Según Girardot “estamos atravesando una fase de desarrollo de la IT a nivel internacional”, y asegura que los grupos de investigación europeos tienen estrecha relación con los latinoamericanos debido a que “trabajan de la misma manera, pensando a nivel local iniciativas para salir de la crisis y, aunque en su cultura son diferentes, pueden cooperar y lograr un gran intercambio”.
Como participante del proyecto del vino de la costa, el investigador del CONICET Claudio Voget señala que “se requiere mucho tiempo y esfuerzo ya que la interacción con el medio social es compleja y dinámica”. “Es positivo generar un marco institucional que considere a la IT y a sus actores parte integrante de los proyectos vinculados al desarrollo socio-económico de una determinada región”, opina Voget, bioquímico en el Centro de Investigaciones en Fermentaciones Industriales (CINDEFI, CONICET-UNLP), para quien no obstante la IT “es aún un área con poco desarrollo y para verificar sus resultados hace falta tiempo”.
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Por Mercedes Benialgo.
Estos ambientes extremos son un reservorio importante de microorganismos que desarrollaron diferentes adaptaciones para sobrevivir a las bajas temperaturas. Su estudio podría conducir al desarrollo de nuevos productos tecnológicos.
Glaciar Perito Moreno [Foto: Télam]
Investigadores del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medio Ambiente (INIBIOMA, CONICET-Comahue) identificaron cuatro nuevas especies de levaduras de glaciares. Los resultados fueron publicados en la revista especializada Microbiology Ecology de la Federación Europea de Sociedades Microbiológicas (FEMS).
En los glaciares viven microorganismos como algas, hongos filamentosos y bacterias, adaptados para la vida a bajas temperaturas. Según explica Virginia de Garcia, becaria post doctoral del CONICET y autora principal del estudio, el objetivo del trabajo era conocer mejor la biodiversidad microbiana para luego identificar enzimas y proteínas que puedan ser utilizadas en la industria.
“Las levaduras están adaptadas al frío y a -2 o -3 ºC tienen actividad metabólica. Producen proteínas anticongelantes u otras sustancias que luego liberan al medio y permiten la supervivencia de la comunidad de microorganismos que las rodea”, analiza la bióloga. A diferencia de las proteínas y enzimas sintetizadas por otros organismos, éstas actúan a bajas temperaturas y por ello podrían tener especial interés para diferentes industrias, como la alimentaria. De Garcia comenta que, por ejemplo, para producir leche deslactosada hay que calentarla, un proceso en el que se pierden nutrientes y vitaminas. “Si logramos aislar una enzima que degrade la lactosa y sea activa a bajas temperaturas se evita calentar la leche y se podría obtener un producto con mayor calidad alimentaria”, analiza.
Otro ejemplo es el de la pectina, un tipo de azúcar presente en los jugos multifruta y que los vuelve más espesos. Una enzima que la degrade a bajas temperaturas evitaría el proceso de calentamiento y la consiguiente pérdida de calidad y sabor. Según Osvaldo Delgado, investigador adjunto del CONICET en la Planta Piloto de Procesos Industriales Microbiológicos (PROIMI), la importancia de este tipo de hallazgos está relacionada con el estudio de las adaptaciones metabólicas presentes en organismos extremófilos, “para buscar metabolitos que puedan ser útiles en la industria como proteínas anticongelantes, lípidos o enzimas, por ejemplo”, dice.
Para el investigador las aplicaciones potenciales llegan a áreas como la farmacología, biología molecular, o podrían usarse incluso para controlar los patógenos de la fruta que se conserva en cámara fría.
El secreto que alberga el hielo
Los investigadores trabajaron en los glaciares Perito Moreno (Santa Cruz) y el glaciar Frías, en el Monte Tronador (Río Negro). En las muestras que analizaron encontraron 16 géneros y 44 especies de levaduras, de las cuales aproximadamente el 40% podrían ser especies nuevas y cuatro ya fueron formalmente descritas: Cryptococcus spencermartinsiae, Wickerhamomyces patagonicus, Cryptococcus frias y Cryptococcus tronadorensis.
Sin embargo, de Garcia no se sorprende. “Se calcula que cada vez que se sale de campaña a la Patagonia, el 10 por ciento de las especies que se hallan son nuevas”, asegura. Además, según Delgado la ventaja de estudiar estos ambientes reside en que en Sudamérica los ambientes glaciarios son prístinos y no están contaminados, “a diferencia de lo que ocurre en el hemisferio norte”, dice.
En el hielo existen microcanales por donde el agua líquida fluye a temperaturas de dos o tres grados bajo cero. El estado se conoce como supercongelado y en este ambiente viven estas levaduras. Además, el hielo las preserva y pueden vivir mucho más que aquellas que se hallan en ambientes cálidos. Estos microorganismos juegan también un papel clave en el ciclo de nutrientes en ecosistemas fríos porque descomponen materia orgánica y producen sustancias que sirven como alimentos para otras formas de vida que viven en la zona.
Durante el trabajo se obtuvieron 153 tipos de levaduras, que mostraron estar adaptadas a bajas temperaturas. El 75 por ciento son psicrotolerantes, es decir crecen a temperaturas entre 5 y 25º C, y el 25 por ciento restante son psicrofilas – no crecen por sobre los 15º C. Sin embargo, el grupo de las primeras también tiene actividad a temperaturas bajo cero. Durante el estudio los investigadores analizaron no sólo las enzimas y proteínas producidas por las levaduras, sino además su material genético para armar un mapa de taxonomía, filogenia y evolución de estas levaduras.
Pero, ¿cuál es la aplicación del estudio de los géneros y relaciones entre levaduras? “Si supiéramos, por ejemplo, que un grupo taxonómico produce determinadas enzimas, se podría buscar entre las especies locales alguna levadura que pertenezca a esa familia para obtener enzimas de interés”, concluye de Garcia.
La idea de la reciente expedición a Marte realizada por la NASA es conocer las características geológicas actuales del planeta para poder relacionarlo con su pasado y comprender si hubo vida cómo fue que variaron las condiciones durante las eras. Científicos argentinos colaboran con la búsqueda.
César Bertucci, de Córdoba al proyecto Saturno
¿Por qué es tan importante saber si hubo vida en Marte? “El hombre por milenios se ha preguntado si está solo en el Universo. Las condiciones que se dieron en la Tierra para que surja la vida son muy difíciles de lograr. Pero el Universo es enorme y las probabilidades de que ocurra ese fenómeno son altas”, asegura Miguel San Martín, el astronauta virtual de la nave Celebrity, enviada por la NASA al planeta.
“Marte fue similar a la Tierra en el pasado, tenía una atmósfera más parecida y podría haber tenido agua”, explica Andrea Buccino investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) en el Instituto de Astronomía y Física del Espacio (IAFE).
Científicos argentinos otean, más allá del Curiosity, el universo para saber si hay, hubo o habrá vida en otros cuerpos celestes. César Bertucci es investigador del Conicet en el IAFE y trabaja con la sonda Cassini, que la NASA envió a Saturno para conocer más sobre el planeta de los anillos y sus satélites.
Titán es uno de los de mayor tamaño del Sistema Solar y “la única luna que tiene una atmósfera densa y que contiene compuestos orgánicos basados en carbono y nitrógeno”, explica. Estas sustancias, que pueden ser tan simples como el metano o grandes cadenas de gran masa molecular, son muy estables – es decir, no se descomponen – porque el ambiente es extremadamente frío, en el orden de los -150ºC.
Por encontrarse a bajas temperaturas y sometidos a poca radiación solar – Saturno está a diez veces la distancia de la Tierra al Sol – se reducen las posibilidades de que se produzcan reacciones químicas.
“Uno se pregunta, entonces, si la química que se observa en Titán podría ser similar a la que estuvo en la Tierra antes de la llegada de la vida, sobre todo por la ausencia de oxígeno”, comenta Bertucci.
El investigador asegura que esto permitiría estudiar los procesos químicos que podrían haber existido en la Tierra antes de que surgieran las primeras formas de vida.
De acuerdo con el especialista, los objetivos de Cassini están orientados a determinar las propiedades de Saturno, su sistema de anillos y lunas y, especialmente, si Titán podría haber albergado vida tal como la conocemos en la Tierra.
Sin embargo, hoy se pone en duda que esto haya ocurrido porque no se registró hasta ahora la presencia de agua, un elemento esencial para los procesos biológicos. Con esas consideraciones, “son mayores las chances de que Marte haya sido un lugar más benévolo para la vida tal como la conocemos”, explica.
Pero enviar una sonda a un planeta lejano no es la única forma de buscar vida en otro planeta.
Buccino y su equipo “rastrean” otros planetas que se encuentran fuera de nuestro sistema solar para saber si ofrecen condiciones para el desarrollo de la vida tal como la conocemos en la Tierra.
“Se puede saber qué tan ‘habitable’ es si, por ejemplo, las temperaturas son aptas para que exista agua líquida. Pero también monitoreamos otros signos biológicos y estudiamos cómo la radiación de una estrella puede influir en la habitabilidad de un planeta”, enumera. La sumatoria de estos factores podría determinar la presencia de condiciones favorables para la vida. Potencialmente.
Para Buccino y Bertucci, el desafío a futuro – tanto en sus líneas de investigación como en la astronomía en general – es encontrar signos biológicos que indiquen la presencia de vida en otros mundos. “Quizás en el proceso se descubren otras cosas, pero el objetivo principal es ir hacia esa búsqueda”, concluye Buccino.
En una investigación multidisciplinaria, expertos de la Universidad y del Conicet, buscan “enemigos” naturales de la popular cola de zorro. La planta, también llamada cortadera, es originaria de la zona pampeana argentina y fue llevada a Nueva Zelanda, a 10 mil kilómetros de aquí, con fines decorativos. Se convirtió en una plaga en las islas, imposible de combatir por medios naturales.
Foto:www.bulhufas.es
La cortadera o cola de zorro se convirtió en invasora incontrolable en Nueva Zelanda y su expansión derivó en que un instituto de ese país buscara ayuda de expertos del Conicet Bahía Blanca para lograr restringir su avance.
Debido a que en Nueva Zelanda no se utilizan agroquímicos en áreas de reserva natural, por la defensa del medio ambiente, desde hace dos años especialistas del país oceánico trabajan con científicos locales para lograr conocer cuáles son los “enemigos” naturales de este tipo de ejemplares. Según explicó a Argentina Investiga el doctor en Ciencias Naturales, Carlos Villamil -del departamento de Biología, Bioquímica y Farmacia de la UNS- el mayor problema radica en que las cortaderas (también llamadas plumero) son plantas cuya identificación botánica no es sencilla.
La cortadera es una planta muy invasora en Nueva Zelanda porque ocupa en forma indiscriminada áreas naturales y desplaza a la vegetación autóctona. A diferencia de lo que ocurre en Argentina, donde tiene espacio para expandirse, en las islas de Oceanía termina por arrasar con especies propias y se convierte en un problema.
“Aún no se conoce cuántas especies de la cortaderas existen, por ejemplo. Es un organismo enigmático para la ciencia, a pesar de ser tan popular y común en esta zona. También viven en otros países cercanos, como Brasil y Ecuador pero, por ejemplo, aún no sabemos con seguridad si pertenecen a la misma especie que la que se encuentra aquí o son distintas. Además, tienen una biología complicada, porque algunas poblaciones sólo tienen individuos femeninos y, en otras, en cambio, existen ambos sexos”, detalló el investigador.
Integrantes de Landcare Research – una organización de investigación ambiental con sede en Nueva Zelanda, cuyo objetivo es la protección y restauración de la biodiversidad- visitaron esta zona para descubrir posibles agentes de control biológico en el lugar de origen de la planta, cuyas cañas floríferas pueden alcanzar los 4 metros de altura. “Estimamos que una chinche y una mosquita que se alimentan de las semillas podrían ser algunas posibilidades de ‘combate’” afirmaron. En el Centro de Recursos Renovables de la Zona Semiárida (UNS-Conicet) intentan descubrir si un hongo parásito puede llegar a ser el agente de control buscado.
“Ellos precisan conocer qué factores limitan su crecimiento, por eso buscan la solución aquí, en su lugar de origen. Pero nosotros aún no lo sabemos. Vienen especialistas de otros países también, como Chile, para evaluar sus características”, destacó Villamil.
La investigación es llevada a cabo por taxónomos (ciencia de la clasificación de los seres vivos), entomólogos (estudiosos de los insectos) y filopatólogos (especialistas en el estudio de las enfermedades de las plantas) tanto de la UNS como del Conicet, porque la problemática se enfoca desde distintos ángulos. El organismo científico nacional, además, acaba de otorgar una beca doctoral al licenciado Daniel Testoni para esclarecer la compleja taxonomía de esta planta.
Por tratarse de una planta típica de espacios abiertos, tolerante al frío y el viento, libre de enfermedades e insectos que se alimenten de ella, el desafío para su control es complicado. Originaria de algunos países de América del Sur, como Argentina, Brasil y Uruguay, su nombre científico es Cortaderia selloana. También tiene presencia en Colombia, Ecuador y Venezuela. Su máximo poder ornamental se logra durante la época de floración, en el verano, cuando aparecen los conocidos plumeros, en diferentes tonos, como beige, blanco o rosado.
Marcelo C. Tedesco
prensa@uns.edu.ar
Karina Cuchereno
Dirección de Prensa y Ceremonial
Fuente: Universidad Nacional del Sur
El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) profundizará su trabajo en esta provincia y establecerá un centro de investigaciones único en el país
Científicos argentinos.
Las autoridades del Consejo se reunieron con el gobernador de la provincia, Gerardo Zamora, para dialogar sobre las áreas que va a investigar el Conicet, que incluye agroalimentos y forestal, con la integración de las Ciencias Sociales y las Ciencias Básicas, es decir química y física.
El encuentro se llevó a cabo ayer en el Salón de Acuerdos de la Casa de Gobierno, donde junto al mandatario provincial estuvieron el secretario de Ciencias y Tecnología, CPN Juan Costas; el vicepresidente tecnológico del Conicet, Ing. Santiago Sacerdote; la rectora de la Universidad Nacional de Santiago del Estero (UNSE), Lic. Natividad Nassif y la directora del Centro de Conicet en la provincia, Dra. Ana Anton, entre otros.
Además, la rectora de la UNSE le informó al Dr. Gerardo Zamora acerca de que el Conicet establecerá un centro de investigaciones en esta provincia, el que será el primero en su referencia en el país.
Investigadores de la Universidad Nacional de Rosario y del CONICET lograron inhibir la producción de toxinas, que infectan las extremidades inferiores de los pacientes con diabetes, mediante la aplicación de azúcares. Ahora, planean fabricar un fármaco.
Leandro Lacoa (Agencia CTyS) – Está en todos lados pero no se ve. En un clavo oxidado, en la espina de una rosa o hasta en la miel. El peligro acecha. Las bacterias del género Clostridium son los patógenos de humanos con mayor presencia en el ambiente y, aunque no son las más nocivas, pueden causar tétanos, botulismo, diarrea asociada a los antibióticos, intoxicaciones por alimentos en mal estado y gangrena, entre otras afecciones.
Pero investigadores del CONICET y de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas de la UNR lograron detener la peligrosidad de una especie de esta gran familia de bacterias, la denominada Clostridium perfringens, que ocasiona la gangrena gaseosa, un problema para los diabéticos y otros grupos de riesgo como los fumadores.
Este patógeno tiene tres maneras de atacar al cuerpo. Por un lado, posee la capacidad de esporular, es decir, vivir refugiada en esporas, una especie de envoltorio que evita que entre en contacto con el oxígeno y muera. También, puede trasladarse por deslizamiento (“gliding”) de tejido en tejido generando infecciones en cadena. Por último, genera toxinas que son las responsables de degradar los tejidos.
En el caso de los diabéticos, las infecciones se ocasionan por la incapacidad de cicatrización de las heridas, de allí que ante cualquier corte en la piel por menor que sea, la espora de la bacteria germina y tiene vía libre para producir toxinas, infectar el miembro (principalmente los pies) y, luego, desplazarse por los tejidos destruyéndolos y diseminándose a otras áreas del cuerpo.
“Una gangrena tratada tardíamente puede llegar a avanzar 10 centímetros por hora. Por eso, hasta el momento, la solución más habitual a una gangrena activa es la amputación”, afirma el doctor en Ciencias Bioquímicas, Roberto Grau, quien dirige la investigación.
En investigaciones anteriores, los científicos de la Facultad de Ciencias Bioquímicas y Farmacéuticas de Rosario lograron detener dos de los procesos: la esporulación y el desplazamiento de la bacteria, denominado gliding. Ahora, pudieron inhibir la producción de las dos toxinas más importantes, a través de azúcar, un compuesto utilizado desde hace miles de años para todo tipo de infecciones.
“Lo que descubrimos previamente fue que los azúcares inhiben, a nivel génico, la expresión del pilus tipo IV, que es lo que usa esta bacteria para moverse, una especie de muleta que le permite ir escalando y avanzando a través de los tejidos a los que destruye por la acción de las toxinas. Lo nuevo que desciframos fue cómo los azúcares bloquean la capacidad de la bacteria de producir tales toxinas”, explica Grau.
El Yin y el Yang contra la gangrena
Gracias a estos descubrimientos se puede conseguir que la bacteria no esporule, con lo cual queda a merced del oxígeno y no puede escapar, tampoco defenderse produciendo toxinas, entonces su destino final es la muerte. Así, para dejar a la bacteria totalmente indefensa, los científicos prevén la producción de una droga basada en azúcar y fosfatos.
“Uno de nuestros primeros descubrimientos fue que el fosfato inorgánico regula la esporulación y que los azúcares regulan la capacidad del Clostridium de realizar gliding (desplazarse). Por eso, llamamos al azúcar, la señal dulce y al fosfato, la señal salada. Son como el yin y el yang para combatir al patógeno”, detalla el investigador.
El próximo paso para los científicos del CONICET es crear un medicamento en base a glicopéptidos, para evitar la degradación del azúcar y los inconvenientes de higiene al aplicar el producto directamente sobre las heridas de los pacientes con gangrena o personas en situación de riesgo en general.
“Los glicopéptidos son moléculas que poseen una porción análoga a los azúcares que se podrían probar inicialmente in vitro, y luego in vivo en animales, para determinar si pueden detener la producción de toxinas, al igual que el azúcar convencional”, sostiene Grau.
Con las investigaciones sobre esta bacteria se comprobó que el azúcar puede aplicarse en otras enfermedades en las que intervienen patógenos bacterianos. Entonces, el equipo de investigación de la UNR busca el patentamiento del CONICET con el fin de mejorar la calidad de vida de las personas.
Investigadores del CONICET en Bahía Blanca se animaron a construir distintos equipos que sólo se fabricaban en el extranjero y eran muy caros. Así, lograron productos de alta calidad y bajo costo
Gerardo Perillo y Alejandro Vitale, investigadores del Conice
Todo comenzó como un intento por ahorrar. Décadas atrás, el escaso instrumental del que disponían para desarrollar sus investigaciones y los altos costos de adquirirlos en el exterior llevaron a los científicos del Instituto Argentino de Oceanografía (IADO, CONICET-Universidad Nacional del Sur) a pensar en la posibilidad de construir ellos mismos la tecnología que necesitaban. Vista en retrospectiva, esta situación fue el puntapié inicial de una serie de logros que no imaginaron alcanzar.
El primer experimento que nació de aquella idea fue en 1992, cuando hicieron la adaptación de un equipo llamado CTD, por las siglas en inglés de los tres valores que mide: conductividad, temperatura y profundidad. En el instituto había uno con varios años de uso que a los investigadores ya no les servía para su tipo de trabajo. La compañía que los fabricaba les ofreció venderles una interfaz para adaptarlo por 10 mil dólares. Pero la propuesta no los tentó.
“El aparato era, básicamente, una caja azul con una perilla. Nosotros construimos otra, que llamamos ‘la caja gris’ y que, con interfaz y todo, nos costó 500 dólares, incluido un curso de perfeccionamiento nuestros ingenieros electrónicos”, rememora Gerardo Perillo, doctor en Oceanografía e investigador del CONICET en el IADO.
Tras semejante antecedente, los científicos se entusiasmaron con la idea de seguir desarrollando tecnologías con sus propios recursos. Y pronto apareció para ellos una gran oportunidad de la mano de Alejandro Vitale, también investigador del CONICET que se sumó al equipo en 2005 como becario doctoral.
“Para mi tesis tenía que elaborar un modelo matemático que representara el intercambio de calor de un ambiente de humedal costero, y necesitaba datos de la realidad, pero aquí no había equipos que los midieran”, cuenta Vitale. Una vez más, el grupo puso manos a la obra y desarrolló una serie de sensores de temperatura, que resultaron muy económicos, posibles de distribuir espacialmente y capaces de soportar corrientes de agua e intemperie.
Con forma de cajas pequeñas con un panel solar arriba y cables que salen de su interior, estos sensores fueron un éxito desde el comienzo y se denominaron Estaciones de Monitoreo Ambiental Costero (EMAC). Pronto, los expertos diseñaron otros capaces de medir diferentes variables en aire y agua: conductividad, presión, olas, sedimentos en suspensión, humedad, velocidad y dirección del viento, salinidad y todos los datos referidos a la meteorología.
Por si fuera poco, las estaciones graban la información cada cinco minutos y la transmiten automáticamente en tiempo real cada treinta a un sitio web.
Actualmente llevan instaladas unas treinta unidades en todo el país, amuradas o sostenidas en postes. También han vendido dos a Portugal para el monitoreo de parámetros ambientales en desarrollos de acuacultura, es decir, el desarrollo de especies acuáticas en medios naturales o artificiales con fines sustentables o comerciales.
“Otra ventaja de las EMAC es que son compatibles con cualquier software; sólo hay que configurarlo y funcionan perfectamente. También aceptan sensores comerciales de cualquier tipo, lo cual permite que se adapten, por ejemplo, estaciones meteorológicas viejas y que las podamos modernizar”, señalan los investigadores.
Una boya estrella
El paso siguiente fue la construcción de una boya sobre la cual montar los sensores, como parte de la participación del equipo en un proyecto llamado Red Global de Monitoreo Ambiental de Lagos (GLEON, por sus siglas en inglés), que nuclea boyas instaladas en distintos puntos del planeta.
Otra vez, desde el IADO surgió una invención que se caracterizó por su nivel de calidad y el ahorro económico que supuso. “Las que tienen los otros grupos de investigación cuestan entre 50 mil y 100 mil dólares. La nuestra salió 5 mil”, describe Perillo.
La del IADO fue colocada en febrero de 2011 en la laguna Sauce Grande, en Monte Hermoso. La hazaña tiene todavía un logro más: se trata de la primera y única boya capaz de medir tanta cantidad de variables climáticas e hidrológicas en toda Latinoamérica, y puede utilizarse en cualquier cuerpo de agua. Además, el año pasado les valió el segundo Premio INNOVAR en la categoría de Investigación Aplicada.
Otras seis boyas estarán construidas y vendidas para fin de año: cuatro de ellas a la provincia de Buenos Aires y las dos restantes a Uruguay. Actualmente, la boya es uno de los cinco proyectos argentinos elegidos por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva de la Nación que compiten por los Premios Iberoamericanos a la Innovación y el Emprendimiento 2012.
Por si fueran pocos los éxitos cosechados a partir de las EMAC y las boyas, sus creadores se acaban de ganar un subsidio del Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global (IIICG) que implica el monitoreo de lagos a lo largo de todo el continente americano, y que les permitirá seguir creciendo en la fabricación y comercialización de estos dispostivos.
Investigadores del CONICET encontraron en sus experimentos dos especies químicas que están en el cosmos. Fue a través de experiencias realizadas en un acelerador de partículas en Brasil.
Foto: mincyt.gov.ar
Conforman uno de los grupos que se acercan a experimentar en el Laboratorio Nacional de Luz Sincrotrón de Brasil (LNLS). Son unas diez personas que trabajan en el Centro de Química Inorgánica “Dr. Pedro J. Aymonino” (CEQUINOR- CONICET, La Plata), coordinadas por quien es también el director de dicha institución, Carlos Della Védova.
Sus investigaciones arrojaron recientemente un resultado que no estaban persiguiendo: generar en el laboratorio especies interestelares, debido a la similitud con las condiciones experimentales existentes en el universo. La descripción de estos estudios y las conclusiones fueron resaltadas a comienzos de año en la revista The Journal of Physical Chemistry.
El área de trabajo del equipo es la físico química y, dentro de ella, la espectroscopía, disciplina que mide el espectro (la energía que se produce al emitir y/o absorber distintos tipos de ondas de luz) de cada elemento. En este terreno tomaron contacto con el sincrotrón de Brasil, a partir de una colaboración con grupos de ese país, y otros de China.
Inesperadamente, sus experimentos resultaron en la aparición de iones –también llamados especies- que existen en el universo, permitiendo a los investigadores trazar un paralelismo entre sus pruebas de laboratorio y lo que sucede a nivel químico en el espacio interestelar: baja temperatura; mucha luz, proveniente del sol; y un alto vacío, dado por la poca cantidad de partículas que hay por unidad de volumen. “Pero además entre universo y laboratorio hay dos diferencias remarcables adicionales: polvo cósmico y mucho tiempo de existencia; miles y miles de años de evolución a favor del universo”, explica Della Védova.
Las especies que aparecieron en las experiencias de los científicos son moléculas cargadas positivamente, es decir, iones. Una de ellas es H3+, de la que los investigadores comprobaron que es inestable, dado que tiende a evolucionar químicamente. Por el contrario, la otra especie, HCS+ , ha demostrado ser muy estable.
“Ambas especies se formaban de manera recurrente a partir de diferentes sustancias de partida. Independientemente de la composición original de las moléculas iniciales empleadas, la reacción o evolución de estas sustancias bajo las condiciones del sincrotón siempre tenía como resultado estas dos especies. Ese hecho nos llamó la atención y originó la comparación con el sistema interestelar”, describe el especialista.
Energía liberada
Un sincrotrón es un acelerador de partículas, con forma de anillo. Se trata de una órbita cerrada en la que los electrones son acelerados por campos eléctricos y curvados por campos magnéticos hasta que alcanzan una velocidad cercana a la de la luz. En su recorrido acelerado, emiten energía de distintos valores, que puede ser utilizada convenientemente en distintas líneas. Esa energía sirve para estudiar diversas reacciones químicas, pero también tiene aplicaciones en disciplinas como física, medicina, biología, antropología y más.
Existen sincrotrones en varios países, entre ellos España, EEUU, Alemania, Francia, Japón, Inglaterra, Italia, y más. En el hemisferio sur sólo hay dos: uno en Australia y otro en Brasil, al que acuden numerosos grupos de trabajo argentinos.
Valiosa herramienta
Desde el Instituto de Física de La Plata (IFLP, CONICET-UNLP), Claudia Rodríguez Torres también integra un equipo que experimenta todos los años con el LNLS. “Para poder ir a medir allí, se abren dos llamados por año a investigadores y, luego de evaluar los proyectos presentados, se les otorga una fecha y un tiempo para hacer sus experimentos”, cuenta la investigadora, que trabaja con materiales magnéticos y estudia la absorción de rayos X y fluorescencia.
“El sincrotrón de Brasil abrió sus puertas en 1997 para usuarios externos, y desde entonces la cantidad de proyectos de instituciones argentinas crece cada año, ya que permite hacer experimentos que no se pueden lograr en el laboratorio”, señala la especialista, y agrega que los papers científicos de autores argentinos a partir de investigaciones desarrolladas en el LNLS han crecido en calidad y cantidad. “Sólo en 2010 hubo 40 publicaciones en las que investigadores de nuestro país hacen uso de técnicas basadas en uso de luz sincrotrón”, concluye.
Por otro lado, el director del Instituto de Investigaciones Fisicoquímicas Teóricas y Aplicadas (INIFTA), Félix Requejo, es el responsable del grupo SUNSET, que administra el primer laboratorio nacional de absorción de rayos X, “técnica que, hasta la instalación de nuestro equipamiento en la Argentina, sólo se podía utilizar en el LNLS en todo el hemisferio sur”, según explica. “Las utilidades que nos brinda el sincrotrón son únicas porque nos permite realizar estudios sobre superficies y nanomateriales que, de otro modo, no sería posible analizar”, apunta Requejo.
Asimismo, el investigador hace referencia a SIRIUS, otro sincrotrón que será construido en Brasil y cuyo funcionamiento está proyectado para 2016, con la participación activa de científicos argentinos. “Superará en todos los aspectos al actualmente instalado y permitirá alcanzar la frontera en la especialidad en esta región”, asegura.
El Instituto en Tecnologías de Detección y Astropartículas (ITeDA-CONICET-CNEA-UNSAM) formará parte de un consorcio científico internacional dedicado a la astrofísica.
Investigadores argentinos
El Instituto en Tecnologías de Detección y Astropartículas (ITeDA-CONICET-CNEA-UNSAM), fue designado el 4 de mayo miembro asociado de la Alianza Helmholtz para la Física de Astropartículas (HAP, por sus siglas en alemán).
Esta alianza fue creada por la Asociación Helmhotlz, la institución científica más importante de Alemania, con el fin de conectar el trabajo científico de entidades locales e internacionales especializadas en el área de física de astropartículas.
A nivel nacional, el Instituto en Tecnologías de Detección y Astropartículas (ITeDA-CONICET-CNEA-UNSAM) trabaja en el estudio y la detección de astropartículas y radiaciones desde el espacio exterior. Además, ha realizado desarrollos tecnológicos innovadores en electrónica, telecomunicaciones y sistemas de adquisición de datos.
El Dr. Alberto Etchegoyen, director del ITeDA e investigador del CONICET, será parte de la Junta de Directores de la Alianza. Esta posición estratégica se traduce en la posibilidad de tomar decisiones junto a los demás miembros acerca del desarrollo de las distintas líneas de investigación y el manejo de los fondos.
Así, el ITeDa se incorporará a una red interdisciplinaria que incluye dos centros Helmholtz, quince universidades alemanas y tres institutos Max Planck. La Alianza Helmoltz para la Física de Astropartículas también anunció la incorporación del Instituto de Astropartículas y Cosmología de París y el Instituto KAVLI de Física Cosmológica de Chicago.
Con esta incorporación, el instituto del CONICET se afirma en su posición como referente internacional en investigación en el área.
Expertos del Conicet y a la Comisión Nacional de Energía Atómica crearon un mecanismo clave para su desarrollo; será utilizado desde satélites a microprocesadores
(DyN) – Investigadores argentinos de las comisiones Nacional de Investigación en Ciencia y Tecnología (Conicet) y de la Nacional de Energía Atómica (CNEA) crearon un mecanismo considerado gravitante para diseñar nanorelojes, informaron hoy ambos organismos científicos del Estado.
A partir de una nueva técnica descripta por investigadores argentinos, es posible crear relojes de alta precisión a escalas microscópicas, y según informó el Conicet, el desarrollo “contribuiría a la fabricación de sistemas de medición de tiempo más exactos, para ser usados en dispositivos que van desde microprocesadores hasta satélites”.
Damián Zanette, investigador principal del Conicet en el Centro Atómico Barioloche, dependiente de la CNEA, explicó que “para construir un reloj se necesita algún elemento que marque el paso del tiempo en forma regular y constante, y un oscilador es un objeto que permite hacerlo, gracias a sus pulsaciones rítmicas”.
Los investigadores crearon un sistema por el cual un oscilador mecánico nanométrico “una pequeña barra vibrante que podría construirse del tamaño de una millonésima de milímetro – puede resultar tan preciso como el cuarzo”, comunicó el Conicet.
Utilizaron una pieza micrométrica de un material llamado silicio cristalino, y la integraron a un circuito electrónico para construir un oscilador, y luego lo estabilizaron para que vibre continuamente a la misma frecuencia y funcione como un cronómetro de alta precisión.
Los relojes, tanto los tradicionales como los sistemas internos que tienen las computadoras, utilizan diferentes dispositivos para medir el paso del tiempo, y a medida que la tecnología avanza, es necesario fabricarlos cada vez más pequeños y exactos.
El oscilador usado más tradicionalmente es cuarzo; sin embargo, es difícil usar sus cristales, mantenerlos limpios y encapsularlos en tamaños nanométricos, necesarios para los dispositivos que se usan en computadoras, teléfonos inteligentes o hasta satélites.
DISPOSITIVOS MICROMECÁNICOS
Daniel López, investigador del Center for Nanoscale Materials, de Argonne, Estados Unidos, sostuvo a su vez que “como solución a estos problemas, hace varios años se consideró el uso de dispositivos micromecánicos (MEMS)”.
Lamentó, no obstante, que “debido a su pequeño tamaño, estos sistemas son más sensibles a fluctuaciones, y si el oscilador pierde el ritmo, el reloj atrasa o adelanta.” Para resolver este dilema, los físicos argentinos Zanette, López y Darío Antonio, también del Center for Nanoscale Materials, desarrollaron una técnica que permitirá producir relojes de alta precisión a escalas nanométricas. El trabajo fue publicado en la prestigiosa revista Nature Communications.
“Uno de los problemas tecnológicos claves de estos osciladores a escala muy pequeña era justamente estabilizar la frecuencia”, explicó Zanette, quien agregó que “a partir del modelo desarrollado, es posible construir relojes que tengan el tamaño de pocos nanómetros, cruciales para el avance de la industria electrónica”.
“La potencialidad de esta tecnología es muy grande”, explicó Hernán Pastoriza, investigador principal del Conicet en la CNEA, quien destacó entre otros beneficios que “los osciladores de cuarzo representan un mercado de 2 mil millones de dólares, lo cual es un atractivo económico muy grande para cualquier tecnología nueva que pueda reemplazarlo”.
Un ratón diseñado por el CONICET ayudará a entender el Parkinson
Un laboratorio de Estados Unidos, sin fines de lucro, pidió incluir en su catálogo a un animal transgénico argentino. Le falta un grupo de receptores de dopamina, un neurotransmisor que interviene en la actividad motriz y la atención.
Por:
Tiempo Argentino
CONICET / Divulgación científica
The Jackson Laboratory (JAX) de Estados Unidos, el repositorio de ratones transgénicos más importante del mundo, solicitó a investigadores argentinos incluir en su catálogo un ratón desarrollado en el país. Se trata del ratón Drd2flox, creado por Marcelo Rubinstein, investigador principal de CONICET, y su equipo en el Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular (INGEBI).
JAX es una organización sin fines de lucro que almacena, reproduce y vende más de 5000 variedades de ratones transgénicos, embriones o muestras de ADN. En la gran mayoría de los casos, un investigador que desarrolla un nuevo animal paga entre 5 y 10 mil dólares a JAX para que incluya sus ratones en su catálogo, a disposición de la comunidad científica.
Pero en este caso, especialistas de JAX se contactaron con Rubinstein para invitarlo a incluir su ratón en el repositorio, con todos los gastos pagos. “Según me comentaron de JAX, esta es la primera vez que invitan a su colección a un modelo animal desarrollado por un laboratorio de América Latina”, explica el investigador.
Y es que el ratón desarrollado por Rubinstein permite profundizar los estudios de ciertos mecanismos específicos que intervienen en enfermedades como Parkinson, esquizofrenia, trastorno por déficit de atención con hiperactividad (ADHD) y adicciones. “Es una pieza importante que brinda un laboratorio argentino para comprobar hipótesis que antes no se podían testear porque no había modelos disponibles”, explica Gustavo Murer, investigador del CONICET en el Departamento de Fisiología y Biofísica de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
SIN DOPAMINA. El ratón fue presentado en un trabajo publicado en la revista especializada Nature Neuroscience en julio de 2011. Rubinstein y su equipo crearon un ratón al que le falta un grupo específico de receptores de dopamina, llamados autorreceptores D2, normalmente presentes en neuronas productoras de dopamina.
La dopamina es un neurotransmisor que interviene en diferentes procesos como aprendizaje, motivación y placer, atención, movimiento y su control fino. La falta de este autorreceptor llevó a que los ratones desarrollen síntomas como hiperlocomoción –incremento de la actividad motriz– y aumento de la sensibilidad a los efectos de recompensa de la cocaína y de la comida.
“Estos receptores tienen mucha importancia para el aprendizaje de funciones básicas como el placer, la alimentación y la motivación para moverse. Están muy implicados en el movimiento y por eso está alterado en enfermedades como Parkinson”, explica Verónica Álvarez, investigadora del Instituto Nacional de Salud (National Institute of Health – NIH).
Además, la alteración de los receptores D2 está asociada a patologías como trastorno por déficit de atención con hiperactividad, adicciones y conductas compulsivas.
Los ratones fueron creados para estudiar las consecuencias de la falta de los receptores D2 en humanos, y permiten “estudiar los mecanismos de acción, efectos de drogas y posibles tratamientos para estas enfermedades”, comenta Rubinstein. El uso de este animal abre otras posibilidades de investigación para científicos trabajando en estos temas.
La presidenta del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), Marta Rovira, inaugurará el próximo martes dos edificios del Plan Federal de Infraestructura para la Ciencia y la Tecnología en La Plata.
Foto:www.eldia.com.ar
Se trata del Instituto de Astrofísica La Plata (IALP) y el Centro de Investigaciones Cardiovasculares-Instituto de Investigaciones Bioquímicas de La Plata (CIC-Inibiolp).
Las obras se enmarcan en el Plan Federal de Infraestructura para la Ciencia y la Tecnología (2008-2011) que lleva adelante el Conicet, conjuntamente con el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva (Mincyt), y que cuenta con el financiamiento del Banco Interamericano de Desarrollo (BID).
El Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) firmó dos acuerdos con el laboratorio francés Sanofi para realizar investigaciones con el fin de generar nuevas moléculas contra la enfermedad de Chagas y desarrollar métodos innovadores para su diagnóstico.
El equipo de investigación liderado por el doctor Antonio Uttaro, del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario (IBR), dispondrá de compuestos químicos, materiales, equipamiento y fondos necesarios para el desarrollo de una investigación cuyo objeto es generar nuevas moléculas contra el Chagas.
El IBR tendrá a disposición del equipo de científicos más de 300 moléculas, propiedad del laboratorio, para ser testeadas. Además se invertirá 10 mil euros para el tratamiento y avance de métodos innovadores de diagnóstico a cargo del doctor Alejandro Schijman, del Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular (INGEBI).
Durante la firma del acuerdo, estuvieron presentes el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao; la secretaria de Planeamiento y Políticas de la cartera de ciencia, Ruth Ladenheim; la directora de Relaciones Internacionales del Ministerio, Águeda Menvielle; la presidenta del Conicet Marta Rovira; el jefe del equipo de investigación del IBR, Aldo Herlaut y Alejandro Shijman INGEBI; el embajador de Francia en Argentina Jean Pierre Asvazadourian; el director general de Sanofi Andrés Moreno y el director médico Cristian Von Schulz-Hausmann.
El doctor Carlos W. Rapela fue nombrado miembro Honorífico de la Geological Society of London, la sociedad geológica más antigua y extensa de Europa. Ésta es una distinción que se entrega a personas destacadas por su aporte a la ciencia.
Dr. Carlos W. Rapela
El doctor Carlos W. Rapela fue nombrado miembro Honorífico de la Geological Society of London, la sociedad geológica más antigua y extensa de Europa, con sede en Burlington House, que reúne a investigadores que estudian la estructura mineralógica de la tierra. Ésta es una distinción que se entrega a personas destacadas por su aporte a la ciencia, en particular la geológica.
Carlos Rapela es investigador superior del Conicet y director del Centro Científico-Tecnológico de La Plata. Se licenció y doctoró en Ciencias Naturales, con orientación en Geoquímica, en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de la Universidad Nacional de La Plata, donde se desempeña como Profesor Titular de la Cátedra de Geoquímica Avanzada. Además, Rapela es Director del Centro de Investigaciones Geológicas y miembro de la Academia Nacional de Ciencias de Córdoba.
Sería una levadura que crece en los bosques patagónicos y que habría llegado por casualidad a Europa
Una levadura patagónica permitió la elaboración de la cerveza rubia.Foto: Archivo
Una levadura de la Patagonia que llegó por casualidad a Europa en el siglo XV dio origen a la cerveza rubia de fermentación fría, apreciada hoy en todo el mundo.
Un equipo de científicos de Portugal, Estados Unidos y la Argentina, encabezado por Diego Libkind, investigador del Conicet, encontró en nuestros bosques patagónicos este hongo microscópico que resuelve un misterio de casi 500 años: el origen de la levadura responsable de la elaboración de la cerveza tipo l ager, la más consumida en el mundo.
El descubrimiento se publicó ayer en la revista científica Proceedings of the National Academy of Science, y podría permitir desarrollar nuevas estrategias para mejorar levaduras para cerveza y biocombustibles.
Existen miles de especies de levaduras que habitan en casi todos los ambientes naturales. Tienen un papel protagónico en la producción de salsa de soja, como aditivo de alimentos o por su capacidad para producir compuestos antioxidantes y filtros solares, este último también un hallazgo del laboratorio del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (Inibioma), de Bariloche, precisamente el centro en el que trabaja Diego Libkind.
Sin embargo, según explica, existe una especie de particular importancia por ser la responsable de la fermentación de casi todos los vinos y de muchas cervezas, del levado del pan y de producir el biocombustible etanol: la levadura a le ( Saccharomyces cerevisiae ).
La bebida alcohólica de mayor consumo en el mundo, la cerveza l ager (cualquiera de las industriales que compramos en el supermercado), se produce desde hace más de 500 años. Sin embargo, el origen de la levadura que se utiliza para su fermentación era un misterio? hasta hoy.
La genética molecular ya había demostrado que la levadura l ager era el resultado de la fusión de dos especies de levaduras considerablemente alejadas por su ADN, tanto como el ser humano y la gallina, por ejemplo.
A pesar de que la levadura l ager es uno de los híbridos mejor estudiados por la ciencia, aún se desconocía una de las dos especies que le habían dado origen (son las llamadas especies “parentales”). “Estudios previos habían demostrado que una de las protagonistas de la fusión era la levadura a le y que la otra era la responsable de haber aportado al híbrido las características necesarias para la fermentación a bajas temperaturas, el sello distintivo de la producción l ager”, explica Libkind.
INCÓGNITA CENTENARIA
Se necesitó un equipo de científicos de tres continentes, cientos de nuevos aislamientos de levaduras y la última tecnología de secuenciación de ADN para resolver el misterio.
Después de descartar todas las levaduras europeas conocidas, el equipo expandió su búsqueda por el planeta y así descubrió una especie nueva para la ciencia, en los bosques de las frías montañas de la Patagonia argentina, que podía llegar a ser el donante desconocido: Saccharomyces eubayanus . A esta levadura patagónica le “gusta” el frío, y las primeras comparaciones arrojaron resultados promisorios.
La confirmación definitiva llegó cuando se obtuvo la secuencia completa de su genoma (un estudio sin precedente para una levadura argentina) y se comparó su ADN con el de la mitad desconocida de la levadura l ager. De esta forma, los investigadores mostraron cómo la fusión de la levadura a le y la especie patagónica produjo un híbrido tolerante a la baja temperatura.
La levadura híbrida l ager comenzó esencialmente como un matrimonio igualitario entre las dos especies, en el que ambas contribuyeron con un número equivalente de genes (más de 10.000 en total). Ese híbrido luego evolucionó de la mano del ser humano (y de la cerveza) hacia la levadura l ager moderna, que hoy se utiliza en la mayoría de las industrias cerveceras del mundo, y que presentó varios cambios genéticos que modificaron su metabolismo.
“Estos cambios, producto de múltiples ciclos de reutilización y selección de la levadura por parte de los maestros cerveceros, ayudaron al nuevo híbrido a adaptarse al ambiente rico en azúcares de la fermentación y fueron progresivamente generando una mejor cerveza”, explica este biólogo recibido en la Universidad Nacional del Comahue. Y agrega: “Los cambios genéticos detectados por el grupo de científicos implican mejoras en la asimilación de maltosa (el azúcar predominante en el mosto) y aumento en la producción de sulfitos naturales estabilizadores de sabor y aroma, lo que contribuye a crear la bebida popular que hoy conocemos”.
La posibilidad de identificar cambios evolutivos surgidos durante el proceso de domesticación de la levadura y de tener acceso a la reserva natural hasta hoy desconocida de sus parentales promete contribuir al conocimiento sobre el papel que tuvieron las bebidas fermentadas en la historia y proveerán de nuevas estrategias para el mejoramiento de levaduras para la producción de cerveza y biocombustibles.
DE LA PATAGONIA A BAVARIA
El proceso l ager de producción de cerveza en forma lenta y a baja temperatura comenzó en las cuevas y monasterios de Bavaria aproximadamente al mismo tiempo que se iniciaba el comercio transatlántico.
¿Es posible que la nueva levadura patagónica haya viajado en el barco de Magallanes? No se sabe. Sin embargo, lo seguro es que encontró la manera de arribar al Viejo Mundo, porque, de no haber llegado a las cerveceras de Bavaria, y de no haberse unido con la levadura a le allí presente, a millones de enamorados de la cerveza l ager se les hubiera negado su característica cristalina y su refrescante sabor a malta.
Este estudio que pone fin a un enigma centenario fue realizado por Diego Libkind Frati, investigador del Laboratorio de Microbiología Aplicada y Biotecnología perteneciente al Inibioma, de la Universidad Nacional del Comahue y el Conicet, ubicado en San Carlos de Bariloche. Se realizó junto con investigadores de Portugal (José Paulo Sampaio y colaboradores) y de Estados Unidos (Chris Hittinger y colaboradores).
El Laboratorio de Microbiología Aplicada y Biotecnología estudia las levaduras naturales de la Patagonia desde hace más de quince años, y presta servicios a la industria cervecera regional desde hace más de diez, mediante la preservación de cepas comerciales de levaduras, el control de calidad de cepas, análisis físico-químicos y microbiológicos de aguas, y mediante el asesoramiento sobre buenas prácticas de manufactura, además del desarrollo e innovación de procesos y productos derivados de estos hongos microscópicos unicelulares.
Recientemente, los gobiernos de Neuquén y Río Negro respaldaron un proyecto, que también cuenta a Libkind como colaborador para utilizar esta nueva especie y otras nativas para el desarrollo y aplicación de levaduras para la diversificación productiva de vino, sidra y cerveza mediante fermentaciones a bajas temperaturas.
Es el principal organismo dedicado a la promoción de la ciencia y la tecnología. Hoy la cifra de investigadores asciende a los 6300 y a 8100 becarios.
La titular del CONICET, Marta Rovira, Doctora en Ciencias Físicas e Investigadora Principal del organismo, habló con Tiempo Argentino sobre cómo está actualmente el organismo y cómo el conocimiento científico puede colaborar con las políticas de estado.
El CONICET es el principal organismo dedicado a la promoción de la ciencia y la tecnología en la Argentina. Su actividad se desarrolla en cuatro grandes áreas: ciencias agrarias, ingeniería y de materiales, ciencias biológicas y de la salud, ciencias exactas y naturales, y ciencias sociales y humanidades. Su objetivo es claro: fomentar y financiar la investigación científica y tecnológica y las actividades de apoyo que apunten al avance en este sentido.
“Desde 2004, el CONICET comenzó a incorporar más gente y aumentar su capacidad económica. En los últimos años, el presupuesto aumentó casi un 600%, y eso es hoy visible: el número de becarios se cuadruplicó en los últimos diez años y la cantidad de investigadores registró un aumento significativo. Anualmente, se están incorporando alrededor de 500 investigadores y más de mil becarios, y hoy ya somos alrededor de 6300 investigadores y 8100 becarios. También están volviendo muchos científicos del exterior a través del programa Raíces, que depende del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva” comentó Rovira.
Sobre la importancia del CONICET para el Estado y la sociedad civil explicó: “Es muy importante que el CONICET aporte a las instituciones del Estado un relevamiento o un estado de la situación de determinados temas; su función es brindar información para que las autoridades que tienen que tomar decisiones, puedan tomarlas con el respaldo del conocimiento científico. El conocimiento como herramienta de gestión pública puede resultar de suma utilidad como respaldo de las decisiones políticas”.
La titular del organismo comentó que ampliaron la comunicación institucional para que el conocimiento científico que resulta de las investigaciones sea conocido públicamente, así como también el acceso a las becas. “El año pasado, implementamos un sistema a través del cual el 20% de los ingresantes a la carrera de investigador lo hicieron por prioridad de vacancia geográfica o por temática de investigación. Así, un 80% entró como siempre, por orden de mérito, lo cual tampoco es malo porque no pueden dejar de entrar los mejores, en tanto que otro 20% se eligió por el lugar o por el tema” completó.